Caín, por Francisco de Borja Ramírez

27/07/2010

Siempre me he preguntado de dónde nace el deseo de hacer el mal a los demás que algunas veces aflora en algunas personas que no necesariamente tienen por qué querer hacernos nada malo, sino que simplemente pueden encontrar cierto consuelo en nuestra desdicha, como si esa desdicha nuestra le aportase facilidades para “superarnos” en sea cual sea el ámbito o simplemente superarnos sin más.
Esta reflexión me ha arrojado cierta luz sobre el origen de esa combinación ‘deseo-consuelo’ basada en la desdicha ajena, y puede que el origen de dicho sentimiento sea la envidia. Esa envidia es para nosotros injustificada puesto que muchas veces podemos pensar que no tenemos razones para ser envidiados, y es precisamente esa ignorancia fundamentada quizás en un exceso de humildad infundado por unos valores demasiado ‘valiosos’ la que hace que no nos percatemos de que con ciertas personas “pasa algo,” un “algo” que muchas veces no podemos explicar pero que se capta.
Muchas veces no nos vemos ni guapos, ni listos, ni con cualidades destacables o con cosas en nuestra vida dignas de valorar, o por lo menos no tanto como para que alguien nos envidie. He ahí el principal problema, que ya no es sólo un exceso de humildad, sino un quererse poco en exceso. ‘La modestia es la virtud de los que no tienen otra.’
¿Es el ser humano cainista por naturaleza? Desconozco la respuesta a esa pregunta, pero sí sé que hay individuos que sí lo son. Individuos que, probablemente impulsados por inseguridades, complejos de inferioridad o aversión infundada por otros a los que puede tener la necesidad de complacer, se complacen y regocijan viendo como la desdicha amenaza a las persona (o sólo a algunas por capricho) de su entorno, como si les aliviara el ver que esas personas están pasos más lejos del éxito o la felicidad, puesto que esos lobos con piel de cordero nunca podrán optar por méritos propios a hacerse un hueco entre la dicha, a no ser que les vengan golpes de suerte.
Esa actitud envidiosa creo que es intrínseca de ciertos individuos y creo que el que así nace así muere. Sus actitudes están ligadas a la comparación y a la competitividad, lo que hace que por muchos fracasos que se produzcan en su entorno nunca sean felices, y esa es la peor espina que puede tener una persona, el obtener el éxito no luchando por conseguir sino esperando (o poniendo medios para ello) a que otros resbalen para despuntar sin hacer nada.
¿Cómo detectar un caín o caína? Para ello hay que aplicar una serie de reglas, pero aún así la mente no es matemática y la dificultad está patente en dicha labor. La regla dorada es: ‘cuando el río suena, agua lleva’. Puede que no lo podamos explicar, incluso puede que sólo sea trasmisión de ‘mal rollo’, pero si uno tiene la mosca detrás de la oreja lo mejor es no confiarse, no dormirse en los laureles, ya que de hacerlo podrían esperarnos sorpresas desagradables, de esas que llegan incluso estando despierto. Luego, aparte de la regla dorada también está la observación y el análisis: comentarios sospechosos, actitudes o sensaciones diferentes a las habituales o que simplemente nos hacen sentirnos incómodos hasta el punto de que ese amigo o amiga casi sin darnos cuenta termina agobiándonos con su presencia ya no tan deseada. Esos hechos normalmente siempre son buenos indicadores de la presencia de un caín, sumados normalmente casi por inercia al hecho de que somos su herramienta para “crecerse” ante otros.
Un caín no es necesariamente una persona mala, sino una persona que no nos quiere tanto como parece o como dice querernos. ¿Cuál es la clave para combatirlo? Un caín normalmente forma parte de nuestro entorno, por lo que no podemos borrarlo de un plumazo como en más de una ocasión nos gustaría. La clave está en saber torear el toro, reforzar nuestra personalidad sin dejarnos avasallar, no permitir, o por lo menos intentarlo, que nadie nos use como pértiga para saltar más alto cara a los demás.
Un caín tiene la necesidad de gustar al resto de la gente que no lo ‘aguantan’ incondicionalmente como unos servidores, y con los que no comparte tanto tiempo como nosotros estaríamos dispuestos a compartir con él. Aunque un caín no tiene por que estar necesariamente demasiado ligado a nosotros.
Nunca debe condicionarnos la vida, bajo ningún concepto y nuestra voluntad debe primar frente a la suya, siempre. El mejor antivirus es la combinación de la experiencia vital con los puntos de vista de la gente que nos quiere. Sí, digo antivirus, pero es que una persona que tiene ‘caínes’ es como un perro que tiene garrapatas. La diferencia es que los caines no se pueden arrancar, aunque sí se puede evitar que hinquen su aguijón para siempre.

Francisco de Borja Ramírez Vico

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