La Paradoja de la Ignorancia, por Borja Ramírez

24/01/2011
Por Borja Ramírez

Desde que tengo uso de razón, y mi conciencia social y concepción del mundo empezaron a formarse, nunca he criticado ni he considerado inferior a mí a quien ha pensado diferente sea cual sea el ámbito. Siempre he dicho, digo y diré que la libertad de una persona termina donde empieza la de otra. Esa afirmación, como todo en la vida, tiene matices dependiendo de la situación y contexto que la englobe. Lo que sí he criticado siempre, e incluso atacado, iniciando una cruzada dialéctica en la que muchas veces además ha aflorado en mí la risa como pintura de guerra, es a toda esa gente que por desgracia abunda cuya falta no es la de pensar distinto de uno, sino la de sentirse superiores por tal hecho. Superiores hasta el punto de mirar hacia un servidor con recelo, desprecio e incluso miedo por hacer tambalearse sus “verdades” que normalmente suelen defender con falacias o con un simple “porque sí” o “porque no” en lugar de con argumentos plausibles.

Yo siempre digo que la vida es debate, y también humildad, mucha humildad para saber reconocer cuando uno no lleva la razón, pero también orgullo para saber defender las verdades que consideramos como decía el bueno de Descartes “claras y distintas” vistiendo nuestra palabra con las mejores galas hasta que se demuestre lo contrario en caso de que así llegue a ser. En ese caso las palabras han de vestirse de gala para darle la razón a quien la tenga.

Hay personas brillantes en la vida, que se creen en posesión de verdades inmutables, de esas que para ellos siempre han sido, son y serán. Y eso es legitimo siempre que esas verdades no choquen con la ética de traspasar la línea que separa su libertad de la de los demás. Pero, que sean legítimas no quiere decir que sean verdaderas. Aún así esas personas haciendo alarde de su “brillantez”, y a veces de su trayectoria vital basada quizás en el elogio de la sociedad defienden sus verdades discriminando al que no las ve como tan verdaderas.

Mi reflexión de hoy habla de verdades y falsedades porque independientemente de las personas, el mundo y la vida siguen un camino que en unas ocasiones puede requerir de una actitud y en otras de otra en la que quizás haya que vulnerar nuestros principios básicos incluso, pero eso no ha de ser necesariamente malo, sería loable que más de uno fuese capaz de pulsar el botón de emergencia de su moral más arraigada en determinada situación excepcional aunque solamente fuese para plantear la posibilidad de que la otra persona (esa que piensa diferente) lleve razón esa vez.

Es la paradoja de la ignorancia, que nace de la humildad de saber reconocer que puede que haya alguien en determinados momentos que tenga mejores respuestas que las nuestras a preguntas comunes a toda la humanidad. Es esa paradoja de la ignorancia esa cualidad que todos los seres humanos deberíamos tener para hacer de este mundo un lugar mejor y sin verdades universales divididas por colectivos con ideologías afines. Pues al fin y al cabo, no creo que haya mayor signo de inteligencia que asumir nuestra ignorancia.

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