Aquel Viaje en Tren (con Lupo Cisnea)

Por Borja Ramírez 06/05/2013

Tengo la virtud o el defecto, eso dependerá de quien me juzgue, de que no soporto los silencios, y cuando digo esto no me refiero al silencio propiamente dicho que todos entendemos (ese me encanta), me refiero al silencio mental, al no pensar en nada, a eso que llaman dejar la mente en blanco y que normalmente es eso lo que se ha de hacer al meterse en la cama antes de dormir. Quizás por eso precisamente muchas noches padezco insomnio y necesito escuchar en voz tenue los anuncios de la teletienda para así dormirme mientras mi cerebro procesa información, aún por estúpida que ésta sea.

Asimismo, admito que soy hombre de alguna que otra manía. Verdad es que en cierta medida cuando éstas se toman demasiado en serio pueden tener tendencia a esclavizarnos aunque ese nunca haya sido mi caso, y verdad es también que cuando uno tiene una manía, la gente que lo rodea tiene tendencia a querer “limarla” alegando a la noción de “rareza” aunque, en mi opinión, si dichas manías no cruzan esa línea que separa lo saludable de lo enfermizo como creo que es mi caso, más que rareza yo diría “sofisticación”. No haré en estas líneas una recopilación de mis manías o extravagancias porque ni viene al caso ni creo que sea conveniente compartir algo que a fin de cuentas forma parte del propio individuo, pero lo que sí haré será hablar sobre una de ellas: de la que me ha llevado a esta reflexión.

Cuando leo algún autor actual, veo a alguna de esas personas que son autoridad en alguna rama del conocimiento, ya sea en televisión o simplemente sepa de su existencia, normalmente intento buscarla en las redes sociales. Si encuentro a esas personas las añado como amigos y así enriquezco mi exposición al mundo viendo sus publicaciones, y si tengo la oportunidad de darles una opinión sobre alguno de sus trabajos o simplemente felicitarles y animarles a que sigan con su labor, así lo hago. No los conozco de nada, pero me gusta lo que hacen y es por eso que son considerados por mí referentes dentro del ámbito que sea. Considero valiosas a todas y cada una de esas personas, ya tengan mayor o menor aportación al mundo.

Aquel día de hace varios años tenía previsto un viaje en tren. No recuerdo exactamente a dónde ni eso importa ahora. Lo que importa es que era largo el viaje y no tenía nada con que distraerme, y como he dicho anteriormente, tres o cuatro horas con la mente en blanco mirando por la ventanilla no podía ser. Desesperado me puse a buscar por tiendecitas de alrededor de la estación, quioscos y tiendas de libros algo que se ajustase a mi pobre presupuesto y con la prisa, porque como de costumbre iba con la hora pegada al culo, cogí la primera cosa que pillé. Aquel libro que aún hoy conservo se llamaba “Chistes, Chascarrillos y Decires Populares”. La estructura de dicho libro no era muy convencional: Tenía estructura de libro de poemas, pero mezclaba chistes con frases cortas en tono jocoso, ingenios varios y una relativamente larga retahíla de “paridas” algunas más graciosas que otras. Aquello sin ser una “magnum opus” tenía su intríngulis, su “yo que sé que qué se yo”, y aunque no marcó mi existencia si es verdad que cuando baje de aquel tren me sentía un poco más “graciosillo”.

Han pasado varios años de esto, un buen puñado de años diría más bien, y antes de ayer intentando hacer una más o menos afilada crítica social me acordé de una frase que venía en aquel libro, una frase que quedaría perfecta como coletilla a aquello que se gestaba en mi cabeza. Al recordarla, dicho libro vino de nuevo a mi mente y por consiguiente su autor, el cual inquietamente y llevado por la curiosidad me apresuré a buscar como alma que lleva el diablo.

Lupo Cisnea es el autor de un blog cuyo eslogan es cautivador: “El universo entero se somete a una mente sosegada…” Sólo viendo esta consigna me dieron ganas de seguir investigando. Rafael Joaquín Cobo de Guzmán y Medina como se llama Lupo en realidad, nace en Jaén en 1965 (encima descubro que es paisano mío). Cogiendo las palabras textuales de su blog: “Artista polifacético, creador de infinidad de obras para novela, cuento, relato, teatro, ensayo, poesía, radio, TV, etc.”, además “posee estudios de medicina natural y nutrición, filosofía, arte dramático y diseño gráfico”. ¡Vaya! pensé, este tío es de los que me gustan a mí, un culo de mal asiento, de los que no paran quietos y siempre andan en busca de hacer algo nuevo disfrutando siempre el fruto del trabajo que han hecho anteriormente. Es ilustrador, ha organizado talleres, charlas y encuentros sobre diversidad de temas, en fin, como se suele decir “un máquina de tío”.

El siguiente paso lo tenía claro. Tenía que buscarlo en el Facebook, y en caso de encontrarlo lo agregaría. Eso hice, lo busqué, lo agregué, y en vez de abandonar su perfil a la espera de confirmación o no, me detuve un poco a curiosearlo. Aquí llegó mi sorpresa. Mi desagradable sorpresa viendo la naturaleza extraña de los comentarios que su perfil albergaba. Eran mensajes melancólicos, de despedida, al principio no le di importancia pero seguí leyendo. Sí, no quedaba duda, parecía que Lupo se había topado con alguna terrible enfermedad que pudo más que él y probablemente llevara ya dos semanas muerto. ¡Vaya! pensé de nuevo. No me pondré grandilocuente puesto que nunca lo conocí, aunque si admito que mi mal rato me queda por haber llegado con dos semanas (calculo yo por la antigüedad de los comentarios) de retraso. El desconsuelo me inundó pensando no en que se hubiera ido una buena o mala persona ya que nunca lo conocí, sino pensando en que se había ido alguien con cuya mente y actitud llegué a sentirme identificado en esa rápida y somera investigación por la red fruto de mi curiosidad al recordar una frase que leí en un librito de bolsillo que compre hacía bastantes años para matar las horas en aquel viaje en tren.

Hay gente dentro de la que yo me incluyo que piensa que hay trenes que se pueden coger en marcha. Porque la mejor manera que existe de subirse a un tren ya se encuentre éste en marcha o detenido, no es tanto teniendo la oportunidad como teniendo la voluntad. Quiero que este texto sea mi homenaje personal para mi desconocido amigo Lupo Cisnea, al cual llegué con días de retraso, pero sobre todo quiero cubrir con palabras de aliento salidas directamente del fondo de mi corazón a tres tipos de personas: en primer lugar a esa gente que quiere hacer algo en la vida y no sabe por dónde empezar, en segundo lugar a esa gente que diariamente hace cosas diferentes y disfruta con ello arrancándole cada día a la vida todo su jugo, repercutiendo eso positivamente en su realización personal, eso diríamos que es lo ideal, a lo que deberíamos aspirar todos. Pero más especialmente me centraré en el tercer grupo, el de esa gente que desea hacer cosas y no puede. Ellos saben cómo hacerlas, saben que independientemente de que las hagan mejor o peor se sienten cómodos haciéndolas, el problema es que las circunstancias de su vida sean las que sean no les permiten avanzar y se sienten estancados viendo los días pasar y por muchas citas célebres que leen o por muchas reflexiones de autoayuda de que se impregnan no son capaces de cambiar su desdichada vida.

A todas esas personas que a veces sienten la necesidad de romper con todo pero la ausencia de medios les impide hacer algo que les haga felices así como les impide salir del peor de los tipos de mediocridad que hay, que es la mediocridad impuesta por la circunstancia teniendo madera (tener madera para mí consiste en parte en vivir para lo que haces), esa mediocridad obligada que mina el alma. A toda esa gente que sufre viviendo una vida diferente de la que merece vivir o le gustaría vivir le diré que puede que los años pasen y su vida nunca cambie, o que cambie a peor incluso. Aún así, hay un cambio que jamás se debe producir, ni siquiera con las canas, y ese cambio está dentro de la cabeza de uno, y dentro del corazón, ese no renunciar a uno mismo, ese no bajar las miras aunque la vida a base de golpes nos baje la cabeza. Hay que ser capaz de mirar hacia arriba desde el suelo y soñar con el vuelo del águila en lugar de aprender a nadar como el resto de los renacuajos del charco, y ese volar del águila no es más que ser uno mismo y no renunciar nunca a ello por nada ni por nadie. ¡Ese es el gran error de la vida de cualquier persona! La renuncia. Y es que hubo quien dijo que un hombre no envejece cuando se le arruga la piel, sino cuando se le arrugan sus sueños… ¡Qué gran verdad!
Y hablando de errores creo que quedaría bien abrochar este texto con un toque absurdo que ni el mismísimo Samuel Becket, y es que aquella frase del libro “Chistes, Chascarrillos y Decires Populares” de Lupo Cisnea quedaría como consejo perfecto para aquellas personas que estén pensando en tirar la toalla. A todas esas personas les diré por boca del propio Lupo: “no cometa errores, cometa Halley”.

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2 replies »

  1. Buenas noches Borja, he decirte con lágrimas en los ojos que me ha encantado esta entrada de blog que has hecho..soy su hija y no sé cómo después de 3 años me ha dado por poner en Google Lupo Cisnea para ver que encontraba… me satisface y enorgullece leer esto y siento mucho que no hayas podido conocerle era una persona genial y con mucho potencial..pero es cierto que la vida se lo llevó y quizá el mismo y el no poder avanzar como tu expones aquí…era un gran soñador pero había cosas y circunstancias que no le permitían avanzar…y desgraciadamente sus sueños se arrugaron así como su vida..gracias por tus palabras me he emocionado de verdad…un saludo enorme.

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