El Burladero de los Banderilleros Fondones.

burladeroparejanoviospeleaAyer navegando por las redes pude observar un video que sin sorprenderme demasiado, ya que predije su final, cierto es que me indignó bastante y me hizo reflexionar sobre un asunto triste y evidente. Dicho vídeo retrataba un doble experimento sociológico en el que, una pareja iba caminando por la calle, por un sitio más o menos concurrido y, en una primera versión de ese experimento en el que ambos empezaban a discutir, el hombre mostraba una actitud violenta con la mujer llegando a agredirla de manera verbal y física (muy levemente, sólo forcejeo). La gente pasaba girando su cabeza hacia la escena, algunos incluso se detenían, las miradas de asco eran más que palpables, y antes de quince segundos un pequeño tumulto de transeúntes increpaba al chico amenazando con llamar a la policía, algo a mi juicio, totalmente comprensible, pues yo hubiera hecho lo mismo, o quizás hubiese llamado sin ni siquiera avisar al chico.

En la segunda versión del experimento la escena de la pareja discutiendo se repite, pero en este caso los roles se intercambian y es la chica la que agrede verbal y físicamente al chico, hasta el punto de que la humillación sufrida por el chico supera con creces la sufrida por la chica en la versión anterior del experimento. ¿La reacción del público? Miradas pícaras, risas, y la sensación de ser meros espectadores morbosos de una escena jovial en la que un hombre no tiene los bemoles suficientes para encarar a su efusiva novia de fuerte carácter, lo que se dice un “calzonazos” vaya… El vídeo termina con un contundente: “El 40% de la violencia doméstica es sufrida por los hombres”. Un dato que me creo.

La visualización de este vídeo no me hizo reflexionar sobre la evidente diferenciación entre hombres y mujeres en términos de violencia doméstica, en ambos casos una lacra que debería ser erradicada, aunque por muchas políticas que se elaboren al respecto siempre subyacerá a la sombra en la mayoría de los casos salvo que llegue la sangre al río, una pena. Mi reflexión, por el contrario, fue otra distinta, y es que no hay nada más peligroso para un individuo o colectivo que el de poseer la etiqueta de “fuerte” (entiéndase fuerte en el sentido más amplio de la palabra). Nuestra sociedad está regida por etiquetas, y éstas en muchos casos se usan para hacer demagogia en diferentes ámbitos como el familiar, profesional o incluso en campañas electorales (véase el constante bombardeo de vídeos de diversa naturaleza en las campañas de los partidos políticos generalmente de la izquierda).

Si algo he aprendido en pequeñas experiencias de mi vida, es que tener el control sobre algo, o el mostrar fortaleza mental ante ciertas situaciones puede ser más un impedimento que una ventaja, pues la estrategia de la parte opuesta (no necesariamente enemiga), lo tiene fácil para ganar puntos utilizando tu propia ventaja para “castrarte” alegando a la justicia y a la sensibilización del imbécil como yo llamo a esa sensibilización genérica y sistemática que lleva lo particular a lo general, y es que en términos generales, vivimos en un país donde las etiquetas que tienen superioridad moral tienen la vida resuelta cara a la opinión pública; etiquetas como “mujer”, “izquierda”, “homosexual”, “raza equis”, y un largo etcétera…

Bien sabido es por los que me conocen que no hay mayor defensor de la justicia que yo, que mi ideología se basa en mi corazón y no en colores o grupos de dogma, pero, indudablemente existen mujeres malas como la mujer que humilla a su pareja en el vídeo, homosexuales malos como uno que protagonizó en mi vida hace poco tiempo una lamentable anécdota, gente de izquierdas mala como aquella que defiende la causa mientras se comporta como alguien del bando contrario, ciudadanos de raza equis malos como el individuo de raza árabe que en una columna mía previa relaté como golpeaba a un perro indefenso… Pero, a pesar de su maldad, tienen etiquetas que los hacen ser “el pobre…”.

Etiquetas… son posiciones de ventaja en la pole de la opinión pública en la que muchas veces el varón blanco de ideología difusa tiene que medir con regla y cartabón sus palabras y sus actos y, en caso de cometer una fechoría no puede argumentarla, cuando las fechorías deberían ser igualmente condenables para todos los seres humanos. Las etiquetas son el principal escudo del mediocre, del débil de dialéctica, del flojo, del incapaz. Permítaseme el símil taurino a pesar de ser un detractor de la “fiesta nacional”, pero esas etiquetas son como un paraguas, un burladero tras el que se refugia el banderillero fondón al que le pesa el culo.

Por Borja Ramírez

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