El ‘Abogaillo’, por Borja Ramírez

ElAbogailloLa calle se alargaba más a cada paso que dábamos, y es que el frío calaba hasta los huesos. Imagínense, un grupo de en torno a unas diez personas, ya de una edad bastante razonable, siguiendo a mama pato por el estanque, y digo estanque casi de manera literal porque llovía a mares.

El objetivo era buscar a las tres de la tarde una cafetería donde poder sencillamente tomar un café rápido previo a la reanudación de nuestra jornada académica, y pobres de nosotros, que no éramos ninguno de la zona y nos encomendamos a aquel chaval “pseudolocal” en la ardua labor de encontrar cafetería a lo largo de un paseo (por llamarlo de alguna forma) de más de un kilómetro en el que casualmente pasamos sin exagerar por la puerta de cinco cafeterías como poco, cada una de ellas de aspecto más que aceptable.

A primera impresión el aspecto de este chaval era afable, no diré nunca que fuese mala persona ni jamás tendré argumentos para tal afirmación, aunque su punto fuerte era que aseguraba que había una cafetería magnífica en la que por cinco euros te ponían café, copa y tapa dulce, y en la que misteriosamente todos terminamos tomando sólo café… Caprichos del destino. Lo más gracioso es que a uno se le queda esa sensación de “mucho ruido y pocas nueces” mientras recorre el tedioso camino de vuelta, pero claro, es que lo que ninguno de nosotros sabíamos era que aquel hombre en cuyas manos encomendamos nuestro espíritu era un ‘abogaillo’.

Me fascina la cultura popular, independientemente del arraigo de cada cual por unas determinadas inclinaciones o tradiciones. La España rural (y en todos los países pasará algo parecido) guarda verdaderas perlas que son cultivadas por las gentes sencillas, de quehaceres sencillos, alejados del mundanal ruido de las capitales y que no requieren de grandes pretensiones académicas ni de sofisticaciones para llamar con acierto a las cosas por su nombre.

El ‘abogaillo’ o ‘sabeor’ es una figura que nace en esa España rural y atávica de las gentes sencillas, pero créanme cuando les digo que hay ‘abogaillos’ en el corazón de la Gran Manzana, la mismísima capital del mundo. Profundizando en el término, y según un diccionario te términos de Moral de Calatrava, un ‘abogaillo’ es una “persona que va de lista sin tener ni idea del asunto a tratar” (perdóneseme el galicismo, me he limitado a copiar). Podemos expandir la definición si citamos la definición de ‘gilipollas’ que da Arturo Pérez-Reverte en su artículo Somos Gilipollas del nueve de junio de 2014 para su Patente de Corso. Según este artículo un gilipollas es un tonto que no sabe que lo es y que además se cree listo. Entonces, ¿podríamos por analogía decir que los términos ‘abogaillo’ y ‘gilipollas’ llegan a converger en un mismo punto? Sí.

Todos los pueblos tienen sus tontos pedantes y todas las ciudades también. Hasta por el campo los hay. También en alta mar, y ¿por qué no?, también sobrevolando la tierra en vuelos nacionales o internacionales. ¿Cómo los diferenciamos? A veces es difícil puesto que tienen una cierta inclinación a la modestia, y la sociedad ve la modestia con la misma condescendencia con la que ve el garabato amorfo de un niño en un folio arrugado, quizás maravilloso, pero con simpatía y compasión. Y es que es necesario hacer una diferenciación entre los términos ‘modestia’ y ‘humildad’. Según el humorista y escritor Álvaro de la Iglesia, la modestia es la virtud de los que no tienen otra. Y a esa definición añado yo que la modestia normalmente va generada por un deseo irrefrenable de que la “audiencia” en cuestión haga un tacto rectal con movimientos circulares, o dicho de otra forma y perdón por la vulgaridad: a los modestos les gusta que les “metan el dedo por el culo” para rebatirles que no son tan precarios como ellos afirman ser, y eso les hace disfrutar. Mucho.

Humildad es otra cosa, yo diría que entra en el “top ten” de las virtudes que hay que cultivar, y para mí humildad no es sólo el reconocimiento de las propias limitaciones. Además, tener humildad no está reñido tampoco con la carencia de amor propio. No tener amor propio entra en mi “top ten” de los defectos, quizás justo detrás de la envidia. Tener humildad es saber admitir un error hasta incluso delante de aquellos que más detestamos. Implica también saber pedir perdón cuando uno se equivoca. Implica saber reconocer la miseria personal propia, no necesariamente exponer esa miseria de puertas abiertas, pero si detectarla para así intentar mejorar cada día, ¡Ah! Y no mejorar con ánimo de ser mejor que los demás, sino principalmente con ánimo de ser mejor de lo que uno mismo era ayer.

Humildad no es demostrar a los demás lo mucho que uno sabe, sino transformar ese conocimiento propio en palabras asequibles para toda clase de personas, para que todos puedan aprender de ti y así aportar tu granito de arena al mundo en el que vives, y por supuesto ser consciente de que dentro de “los demás”, hasta el individuo más insospechado de la tierra, tiene quizás mucho que enseñarte a ti. Humildad es trabajar en silencio, sin levantar polvo, y que los resultados sean los que hablen por sí mismos, pero no en las bocas de la gente, sino en la conciencia de cada uno, esa misma que aunque tenga la oportunidad de tomarse un café “coctelera” especial de la casa, se apaña con un sencillito y delicioso solo con hielo y sacarina.

Por Borja Ramírez
@Borja_Ramirez
http://www.facebook.com/eldiariodeborja

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